viernes, 27 de agosto de 2010

El cuento como género literario en América Latina, Mempo Giardinelli

Suelo sostener que el cuento es un género indefinible, porque si se lo define se lo encorseta, se lo endurece. Prefiero pensar al cuento como un camino que se hace sin cesar, una acción perpetua de los seres humanos. No en vano toda la Historia de la Humanidad es una narración, primero oral, luego escrita.
Pero eso voy a optar por hacer simplemente algunas variaciones sobre este género que nos convoca, pues este acto no es sino una celebración: la de una literatura, la panameña, y la de un gran cuentista: el autor de Héroes a medio tiempo, Justo Arroyo.
De modo que si ustedes me lo permiten, y puesto que seguramente aquí hay muchos escritores y lectores, me voy a detener para hacer un breve repaso de aquello que nos fascina y nos seduce de todo buen cuento literario. Por ejemplo, y en primerísimo plano, la brevedad y concisión, que es lo mismo que decir la precisión. El maestro Edmundo Valadés enseñaba que "el cuento escapa a prefiguraciones teóricas, pero su única inmutable característica es la brevedad". Y precisamente respecto del cuento breve (también llamado cuento corto, minificción, microcuento o microficción) Juan-Armando Epple distingue cuatro condiciones básicas: brevedad; singularidad temática; tensión; e intensidad.
Pero esas cuatro características yo diría que son aplicables a todos los cuentos del mundo cualquiera que sea su extensión, y no sólo a los breves. Quizá por eso Marco Denevi sostiene que el único modo de distinguir cuento de novela, y cuento largo de cuento breve, al fin y al cabo es contado la cantidad de páginas que tiene cada texto. Pero también digamos que el criterio fundamental para reconocer un cuento no es sólo la brevedad, sino lo que Epple llama "su estatuto ficticio". O sea, es la invención literaria lo que permite reconocer a un cuento.
            Epple sostiene que fue en la Edad Media "cuando se empiezan a discernir, en las expresiones narrativas, formas diferenciales de ficción breve, especialmente en la literatura didáctica. Además de las expresiones de la tradición oral y popular como las leyendas, los mitos, las adivinanzas, el caso o la fábula, en que interesa más el asunto que su formalización literaria, surgen modos de discurso que se articulan en estatutos genéricos ya decantados en la tradición cultural, como el ejemplo, la alegoría, el apólogo o la parábola". La tradición clásica que se ocupa de reelaborar mitos, historias y leyendas, y la predilección por la fábula como modalidad narrativa también nos viene del Medioevo. Hoy es una costumbre arraigada, y hasta abusada, y es una manía falsamente borgeana, la de mezclar la realidad con ficción, reescribir las viejas mitologías, mezclar personas verdaderas con personajes apócrifos.
Claro que hay "fabulistas" modernos precisos y preciosos como Arreola, Monterroso o Denevi, pero es su talento e ingenio lo que da brillo a sus parodias breves y brevísimas, y no la mera utilización del recurso reelaborador. Según Anderson Imbert, el origen del cuento en sus formas breves puede incluso "rastrease en sus inicios de la literatura, hace ya 4000 años (en textos sumerios y egipcios), como relatos intercalados y que luego se van perfilando en la literatura griega (Herodoto, Luciano), como digresiones imaginarias con una unidad de sentido relativamente autónoma". Muchos autores coinciden en que el cuento es el género literario más antiguo del mundo, aunque para algunos su consolidación literaria se alcanzó tardíamente. Así lo sugirió Juan Valera en el siglo pasado: "Habiendo sido todo el cuento el empezar las literaturas, y empezando el ingenio por componer cuentos, bien puede afirmarse que el cuento es el último género literario que vino a escribirse".
El crítico español Arturo Molina García sostiene que "antes del siglo XIX el cuento se manejaba sin plena consciencia de su importancia como género con personalidad propia. Era un género menor del que no se sospechaban las posibilidades de belleza, emoción y humanidad que podía contener su brevedad. Hubo buenos cuentistas, individualmente considerados, con sello personal, pero fueron muy pocos, fueron casos aislados que sorprendían como destellos. Lo que no había, desde luego, era una tradición cuentista, cuajada, en ebullición permanente, como la que comienza a existir a partir del siglo XIX."
En efecto, la tradición del cuento moderno de desarrolló en el siglo XIX, y a ello contribuyeron las infinitas publicaciones que abrían sus páginas al cuento más o menos breve. Esto fue muy notorio en América Latina y posiblemente hoy podríamos explicar que esto se debió a las limitaciones de la industria editorial. El espacio disponible en los medios obviamente era favorable al cuento, o al folletín por entregas. Acaso ahí esté el antecesor de la telenovela actual. Como fuere, en mi opinión, eso mismo fue lo que fortaleció al género en las Américas. Porque publicar novelas imponía la necesidad de una capacidad industrial (papelera, impresora y encuadernadora) que no teníamos, y requería de circuitos de distribución en librerías que en nuestra América eran y siguen siendo tan ineficientes. Por eso las revistas fueron -y son todavía- no sólo pioneras sino el mejor vínculo entre autores y público. Yo creo que eso dio lugar al florecimiento del cuento latinoamericano.
Por haber dirigido la única revista dedicada exclusivamente al cuento que hubo en la Argentina, he seguido muy de cerca el desarrollo del género en los años que lleva la democracia, y particularmente he seguido la evolución de algunos autores. Lo más interesante del camino del escritor es su crecimiento literario. Cuando, por razones del azar, uno sigue la trayectoria y la evolución de algunos y luego tiene acceso a sus últimas producciones, es posible apreciar la curva ascendente con el placer que produce el reconocimiento de la creación misma.
El mexicano Julio Torri (exquisito cuentista lamentablemente no suficientemente reconocido) decía que hay dos tipos de escritores: los de imaginación y los de sentimiento. Los primeros suelen ser buenos artesanos; los segundos, "cuando no tienen genio, son absolutamente intolerables". Y es verdad, y por eso la verdad literaria se produce cuando en los cuentos confluyen imaginación con sentimiento. Y esto es especialmente festejable en países como lo nuestros, donde hay muchos cuentistas de talento pero donde también -admitámoslo- se publica demasiado cuento mediocre.
            En un panorama devastado como en mi opinión era el del cuento argentino después de tanto años de dictaduras, autoritarismo y censura, convenía -siempre conviene- tener el oído especialmente atento a toda voz que estuviera más allá de la medianía, la repetición y el cliché. Enique Jaramillo Levi me pidió especialmente que les hable del cuento argentino contemporáneo, así que allí les diré rápidamente, y para no cansarlos, que con la democracia restablecida en 1983 muchas cosas han cambiado en la narrativa de mi patria. Mis impresiones sobre lo que se está haciendo y lo que puede llegar a ser la cuentística argentina cuando termine este milenio y empiece el Siglo XXI, son las de un observador privilegiado que en los últimos 15 años ha recibido y leído varios miles de cuentos producidos a lo largo y a lo ancho de aquel inmenso país. Conozco la generosa diversidad de cuentista que hay allí y aunque no crea que tenga sentido esta noche mencionarlos a todos, déjenme decirles que hay ya algunos nombres nuevos de enorme futuro: Miguel Ángel Molfino, Cristina Civale, Guillermo Martínez, Laura Fava, José Gabriel Ceballos, Laura Szperling, Gustavo Nielsen, María Malusardi, por lo menos.
No es casualidad que no todos son porteños. La mitad de los nombrados son del interior del país y todos son jóvenes escritores pero ya autores de calidad. Gente de entre 30 y 50 años, algunos de ellos sufrieron años de cárcel o vivieron exilios durante la última dictadura, y que sin embargo en estos años crearon mundos propios y originales que superan holgadamente la circunstancia de la represión. Ninguno hizo de la tortura y el horror padecidos su obra creativa, y al contrario, todos cultivan variantes de lo fantástico y lo experimental. En ellos se siente esa rara virtud señalada por Torri del " horror por las explicaciones y amplificaciones", y en muchas de sus tramas es posible advertir sutilmente -la frase es de Lugones, dice Borges- "el miedo de lo demasiado tarde". Hay que destacar también la notable presencia de mujeres en esa joven cuentística. Ello se debe a que hoy hay mucho más cuento escrito por mujeres que nunca antes, y a que su calidad y profundidad son riquísimos y constituyen el fenómeno más destacable de la literatura argentina de este fin de siglo.
En los libros de estos y otros autores se notan las influencias de algunos grandes maestros. Valga pues está reflexión: nada tiene de malo las influencias, y antes al contrario todos provenimos de ellas. Todo escritor es, en esencia, libresco, (creo que la sugerencia es de Alfonso Reyes) en el sentido de que siempre andamos buscando ideas y asociaciones en los autores que amamos. Eso es natural y lógico: no podría ser de otro modo salvo que uno fuese ingenuo, un pedante o un plagiario sinvergüenza. O un genio, si tal especie realmente existiera. En el arte siempre es así: acopiamos y copiamos, aportando. Y para hacerlo hay que leer, presenciar, experimentar: la literatura, pues, como conocimiento, como toma y daca, como ontología.
Decía Juan Rulfo que "todo escritor que crea, es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación". Evoco su enseñanza porque poco autores de la literatura universal fueron tan conscientes de la importancia del imaginario como él, y poquísimos lo manejaron con tanta intuición y sabiduría. "Para mí lo primordial es la imaginación -escribió Rulfo-. Dentro de estos tres puntos de apoyo, está la imaginación circulando: la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a adivinar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando: cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar".

La sutileza es otro de los méritos de todo buen cuento. Y me parece importante que la sutileza se trabaje, se eduque, sobre todo en estos tiempos en que vivimos tan saturados de obviedades, lugares comunes, falsificaciones e irracionalidad. Esto hace que resulte más valioso el empeño de algunos autores por no explicarlo todo, sin que por ello se extravíen en el mar del cripticismo y lo abstruso. Para esto hay que tener un innato sentido de la elusión, que es a la vez la mejor manera -literaria- de darle brillo a la alusión. Y manera creadora -dicho sea para completar el juego de palabras- de ilusión.
La verdadera eficacia de la alusión literaria es la que se desvincula del propósito del autor. La literatura más realista (en el sentido de aludir a-lo-que-pasa) es la que no se propuso serlo. Y si ya sabemos de toda literatura que se obliga a imponer discursos, los mata, también sabemos que toda literatura que carece de discurso, como la que no tiene hechos, se esfuma. La buena literatura es la que no depende de la voluntad de los escritores, sino la que proviene simplemente de sus pasiones. Y es que a la realidad sólo se la sueña, la imagina o alude, como aconseja Augusto Roa Bastos.
Otro aspecto importantísimo es la variedad temática y estilística. Yo prefiero que autores y libros me ofrezcan diversidad de casos, motivos, opiniones, sugerencias, posiciones estéticas y puntos de vista. Los prefiero en lugar de los que me ofrecen virtuosismos reiterados, recursos repetidos y hasta temáticas trajinadas, a veces, hasta el hartazgo, como si escribir cuentos se tratara de ejercitar variaciones sobre lo mismo. Por eso en mi revista Puro Cuento siempre procuré incluir cuentos que mostrarán los diferentes paisajes latinoamericanos (el urbano y el rural), y también nos ocupamos de cuentos que mostraban las múltiples facetas del amor, el erotismo y la ternura; el encuentro y el desencuentro entre los seres humanos; la fantasía y el rigor; las diferentes lenguas que se hablan en Latinoamérica y el Caribe; lo breve y lo más extenso; lo clásico y lo moderno; lo previsible y lo inesperado; lo experimental y lo conocido, e infinitos etcéteras.
Siempre sostengo que el cuento es el género literario más moderno y el que mayor vialidad tiene. Por la sencilla razón que la gente jamás dejará de contar lo que le pasa, ni de interesarse por lo que le cuentan cuando está bien contado. Y esto es así -y lo seguirá siendo- a pesar de la miopía de muchos editores. Y digo miopía porque es evidente que el cuento es un género que no interesa a la mayoría de las editoriales. Y no sólo a las de la lengua castellana. En general, los editores suponen conocer el gusto del público, que, dicen, no compra libros de cuentos. El público lector -nos dicen- sólo se interesa de obra de largo aliento y/o por los géneros que marcan las modas. De modo tal que como el cuento no le gusta a la gente, no editan libros de cuentos, con lo cual el cuento no se vende y ellos confirman que el cuento no gusta. Un perfecto círculo vicioso que deriva de ser un fenómeno que ya no está regido por las leyes de la literatura ni del arte, sino por las leyes del mercado.
Se ha dicho que proceder, en literatura, usando el pasado para la estructuración del presente, parece haber sido un hallazgo del poeta T.S. Elliot, quien parece que era tan humilde que tuvo la gentileza de atribuírselo a Joyce. Pero eso no necesariamente es verdad. El recurso, en mi opinión, es viejo como la literatura misma: no me consta que lo desconocieran los griegos; o Shakespeare; o Cervantes. Hay dos cuentos que he leído en estos años que se inscriben en esa tradición: uno es el que da título al volumen de mi paisano Carlos Roberto Morán: Noticias de Sergio Oberti, un cuento admirable. Mediante el señalado recurso de la alusión, y a través de un discurso rayano en lo absurdo, el cuento se constituye en un obsesivo acopio de noticias falsas e informaciones erróneas acerca de un personaje que está desaparecido. Toca nuestro reciente drama nacional de manera inteligente, con delicadeza extrema, para convertirse -a mi criterio- en uno de los mejores cuentos sobre el tema de los desaparecidos que se hayan escrito.
Somos y no somos: el tema del doble, en una recreación llena de talento, de poesía, de imaginación. En la tradición de los mejores cuentos argentinos, es combinación ejemplar de cómo la literatura es alusión porque es una mentira encarnada en la realidad, y es al mismo tiempo una mirada poética sobre el mundo en que vivimos. Como ustedes advertirán, estas reflexiones nacen a partir de la experiencia de meditar algunos cuentos concretos. En el caso de los que Miguel Ángel Molfino, me sucedió algo similar. Cuando leí por primera vez La muerte viaja en una Olivetti sentí que estaba en uno de los mejores cuentos que jamás se han escrito. Una joya literaria, un cuento moderno, casi perfecto, que no dudo hubieran adorado Cortázar y Rulfo. Es la historia de un personaje literario que, como un actor de cine, ya ha "trabajado" en cuentos de Fitzgerald, Hemingway y otros grandes escritores, y que ahora, viejo y decadente, se encuentra en el Chaco convocado por el autor y presiente que este autor lo va a matar. Se trata de un cuento antológico, memorable, que combina la realidad y fantasía, tensión e intensidad, clima y firmeza, sorpresa y poesía, y en esencia es un maravilloso acercamiento a una de las otras caras de la literatura: el punto de vista de los personajes literarios.
Los cuentos de estos autores- es evidente- son el resultado de bien digeridas lecturas, piedras basales para la imaginación, la osadía intelectual y el experimentalismo. Pienso que todo esto es aplicable a Justo Arroyo y lo celebro. Cuando se tiene la audacia de probar siempre, y cuando el buscar se asume como un destino literario, hay que tener mucho olfato y mucho conocimiento, y escritores como Arroyo y otros que pueblan el panorama de la cuentística panameña los tienen de sobra. De ahí la contextura compacta de sus personajes. Ya lo verán ustedes cuando puedan leer La pregunta o Los sueños de Sepúlveda; ya advertirán estas cualidades en el memorable torpe de El reto, en la moralidad ejemplar de ¿Por qué, Vivían?, en Última voluntad y en el que da título al libro que esta noche celebramos: Héroes a medio tiempo. Pienso que uno siempre tiene que procurar ser la clase de escritor que -más allá de sus temas- no se repite, no cae siempre a la misma fórmula y no se reitera en la utilización de unos pocos recursos más o menos brillantes. Yo admiró más, y aspiro a ser, esa clase de escritor que siempre busca andar por caminos difíciles, nomás porque le apasiona buscar y porque tiene adentro, parafraseando a Miguel Hernández, un rayo que no cesa.
Quizá por eso ha dejado escrito Borges que la más indiscutible virtud de la cuentística de Kafka es la invención de situaciones intolerables. Por eso Kafka es un grande, un precursor y está presente en toda fantasía literaria que dosifica la imaginación y la provee en medidas exactas y precisas, sin sobrecargas y sin faltantes. La sabiduría de todo buen cuentista también consiste en saber que los mejores cuentos de la literatura universal dependen, en última instancia, de la temperatura emocional que sea capaz de transmitir lo narrado.
Todo buen cuento -lo sabemos- debe tocar alguna fibra íntima en el lector. Necesariamente. Por eso un buen cuento no es el que surge de las puras ganas del autor, ni es el que deviene de un intento catártico. Un buen cuento es el que nace sencillamente de la inevitabilidad de su existencia. Es decir: se lo escribe porque no se puede dejar de escribirlo. Es como si el cuento viniera empujando desde adentro del autor, abriéndose paso a pesar de todas las resistencias que uno tenga, y de alguna manera explota en las páginas que lo contienen. Y mejor que explote así, para que no le explote a uno adentro.
El destino de un cuento, como si fuera una flecha, es producir un impacto en el lector. Cuando más cerca del corazón del lector se clave, mejor será el cuento. Para ese efecto, el texto debe ser sensible: debe tener la capacidad de mostrar un mundo, de ser un espejo en el que el lector vea y se vea. Esto es lo que se llama identificación (el lector piensa que le pasó o le podría pasar lo mismo) y eso le creará una empatía, una solidaridad con lo contado, que hará que el cuento se le torne inolvidable. Esta identificación sólo se logra por medio de la sensibilidad del lector, tocada por el texto. Es lo que podríamos llamar el alma del cuento, que es una alma viva, que emite sonidos, titila, respira. Esa respiración, en los grandes cuentos, será eterna, y ese cuento será clásico sólo en la medida en que las diferentes generaciones y culturas lo acepten, reinventen y repitan. Es por eso que LigeiaEl almohadón de plumas o El Aleph, por ejemplo, son y serán cuentos eternos.
Se sabe: hay sensibilidades muy sofisticadas y las hay vulgares. En nuestro tiempo es indudable- y desdichado- que la sensibilidad se ha vuelto chabacana y grosera, pero igualmente el autor debe crear cuento teniendo en cuenta a un lector ideal. Debe saber que alguien, en algún lugar, va a leer su cuento. Debe querer que así sea. Es como tirar una botella al mar con un mensaje adentro; hay que hacerlo con fe en que alguien lo recibirá. Y ese tener presente al otro, es lo que impedirá que el cuento sea una clave autorreferencial, onanista, de un intimismo abstruso, de un cripticismo inexpugnable. Esto hace, claro, a la cordialidad de todo cuento: una conversación amable en la que uno monologa y el otro escucha y responde con su atención inclaudicable, con su entrega a la seducción del narrador. Esto es lo que se llama tener presente al lector, y que no equivale a hacerle concesiones, ni guiños, ni a darles explicaciones inútiles. He ahí la inteligencia del buen cuento; he ahí esa amabilidad que me ha impactado en Justo Arroyo y también en los cuentos de Dimas Lidio Pitty, el otro finalista de estePremio Rogelio Sinán 1997/98.
No quiero dejar de referirme también a lo que en retórica y poética se llama con el vocablo alemán Weltanschaaung. Es decir, la visión de mundo, o la concepción del mundo y el universo que todo autor tiene, lo sepa o no. De hecho, todo cuento contiene una concepción del mundo, una idea del universo. Y esto es así sencillamente porque todo cuentista, todo escritor, tiene siempre una posición ante la vida y su obra expresa su manera de pensar. Esa concepción inevitablemente está contenida en todo lo que escribe. De ahí que, cuanto mejor y más cultivada sea esa concepción, cuanto más rica, sensible, culta, generosa, amplia y abierta, más ricos serán los contenidos de sus cuentos. He ahí la importancia de la lectura.
En fin, espero no haberlos fatigado hasta aquí, pero he querido compartir estas variaciones sobre el cuento porque esta noche, reitero, es una noche de celebración en la que saludamos y premiamos un conjunto de cuentos estupendos, y celebramos también a un excelente escritor que se llama Justo Arroyo, un gran cuentista panameño y latinoamericano, lo que es decir, uno de los nuestros, y de los mejores. 

viernes, 20 de agosto de 2010

...Continuidades en los Parques...


Continuidad de los parques
Julio Cortázar.
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Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.


Pastiche de Continuidad de los Parques

Interruptus
Adriana Villamizar C.
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Se hacía llamar felizergosinfuturo, como el personaje de la novela que había leído más de quince veces, hasta competencias realizó con otros ergos para constatar quien podía recitar con más facilidad páginas enteras de la novela con nombre del juego más divertido, callejero y barato que se pueda tener en la niñez. Por eso su nombre no importa, hasta podría llamarse, Julio o Florencio, como se quiera al final de cuentas; pero el apellido sí es sinfuturo, como el de algunos otros amigos suyos que hasta se declaran enormísimos cronopios. Y se hacía citar felizergosinfuturo porque ya estaba a punto de renunciar a uno de sus más grandes sueños desde que se obsesionó con el autor nacido en Bruselas, pero más argentino que el mate y el tango; su entusiasmo había llegado a tal exageración que hasta quería tener las primeras ediciones de cada uno de sus escritos, las películas basadas en sus cuentos, la inmensa colección de fotos, los archivos magnetofónicos y cuanta cosa se encontrara en uno y otro lugar. Perseguía tanto al Perseguidor que sin conocer París, había dibujado un mapa donde se encontraban los lugares y las calles en las que vivió el escritor del knock out en cada uno de sus cuentos. Pero había una película, adaptada por una realizadora latinoamericana que no había podido conseguir, los que habían logrado verla le comentaban que la directora definitivamente era la mujer para él, porque en cada secuencia de la historia se dibujaba que ella estaba igual de obsesionada con el argentino de las famas y los cronopios. El film era un medio metraje de bajo presupuesto, pero impecable en su realización y en la atmósfera creada para la adaptación del cuento La continuidad de los parques. Alguna vez hasta le aseguraron que apenas lo viera iba a quererse llamar felizergoconfuturo, pero hasta ahora había sido imposible disfrutar de la versión cinematográfica. Una tarde tenía todo preparado para asistir a una función de la que muy pocos sabían; un medio metraje y de bajo presupuesto, era lógico, sólo los del guetto podían estar al tanto. Él lo supo a tiempo y ya estaba saliendo de su casa cuando le avisaron que un familiar suyo se había accidentado. Con el dolor en el alma dejó de ir a la función. Pero la rabia más reconcentrada le dio el día que ya en la sala de un cinito pequeño y de barrio, donde de vez en cuando hacían muestras maravillosas, de un momento a otro todo se echó a perder. La película comenzó, rodaron los créditos con la voz de su héroe de fondo y un minuto después, cuando apenas resplandecía la primera imagen del hombre en el sillón de terciopelo verde, escuchó un estruendo pavoroso que provenía del proyector viejo. La emulsión de plata se rasgó con fuerza, las luces se encendieron torturándole con la realidad y un hombre más anciano que el teatro mismo caminó hacia los únicos tres asistentes a la proyección para decirles que lo lamentaba, pero la película se había enredado en el proyector y quién sabe hasta cuándo podrían volver a conseguirla. Felizergosinfuturo se levantó de la butaca con rabia y desidia, se dijo a sí mismo que debía dejar a un lado tanta testarudez y que ya era hora de dedicar sus horas a ganarse la vida y ser un hombre responsable, como cualquiera, como lo mandan los designios de quien sea el que esté allá arriba, sabrá Dios en dónde. Pero hasta unas lágrimas salieron en el camino a su casa. Abandonó por varios días su intención de poder ver la película, aunque de vez en cuando se podía ensimismar varias horas imaginando las escenas que estaban a continuación; ahí, sentado en su sillón de terciopelo verde que había comprado sólo como homenaje al cuento que tanto le gustaba. Hasta que un día cuando navegaba en una y otra página de su autor favorito, la encontró. Allí estaba el icono de venta de la película y a partir de ese segundo iba a ser suya, en menos de tres días estaría en sus manos ahora temblorosas y llenas de felicidad. Llenó el formato y se sentó a esperar la respuesta: evidentemente le certificaron que en menos de una semana la podría estar viendo. Para felizergosinfuturo era el gran suceso, con todos los celos posibles no se lo dijo a nadie y se preparó para el advenimiento por tanto tiempo anhelado. Compró un DVD, el mejor que encontró en el mercado, cambió el viejo televisor por uno de pantalla plana y que ocupaba el mejor lugar en la sala de su casa con butacas de cine y la poltrona de terciopelo verde. Hizo un viaje hasta el otro extremo de la ciudad para conseguir dos botellas de pinot noir, el vino que más le gustaba y sobre la mesa de centro dejó una cajetilla de Gauloises que venía guardando suspicazmente desde tiempo atrás para un evento especial, porque este era el cigarrillo francés que adoraba el tan mencionado autor. Y como es más que lógico, este era más que un simple acontecimiento. Calculaba que el tiempo de espera ya sumaba pocas horas y así fue; como todo estaba previsto, sucedió. Le entregó una suma exorbitante al hombre que traía el tan anhelado envío y cerró la puerta a punto de un éxtasis poco comprensible para simples mortales que llevan en su mano una flor amarilla. Desconectó los teléfonos, apagó las luces de la casa, se sentó en el sillón de terciopelo verde y encendió el primer Gauloise de la cajetilla; los créditos aparecieron de nuevo sobre la pantalla extra plana, apuró de la gran copa un buen trago de vino que minutos atrás había servido de la botella y sonrió con el placer más inimaginable. Las imágenes se fueron agolpando en todo su cuerpo, como si el sillón de terciopelo verde estuviera cubierto por un gran telón rojo que ocultaba cualquier otro ángulo de visión. El corazón le latía cada vez más fuerte y se dejaba llevar por los amantes que habían concertado una cita muy especial esa tarde. Felizergosinfuturo no parpadeaba, sentía en sus hombros la cámara que seguía a los enamorados furtivos hacia la casa donde se encontrarían. Los vio entrar y sonrió porque sabía que ya iban a lograr su cometido, pero por un momento dudó. Había en ella algo extraño, miraba nerviosa la habitación oscura con el sillón de terciopelo verde y el televisor encendido. Se quedó ensimismada con el humo del cigarrillo y luego lo miró a él. El amante no entendía a quién no perdía de vista y le pidió explicaciones, ella abrió la cartera y sacó un gran puñal, el amante extendió la mano para recibírselo, pero se negó rotunda. La daga era para él, quien los miraba absorto. La misión la tenía que cumplir. Felizergosinfuturo parpadeó, cerró los ojos y los volvió a abrir, hasta que finalmente extendió su mano para recibir la brillante hoja de metal que resplandecía y brotaba de la pantalla.

domingo, 8 de agosto de 2010

El vértigo de escribir, Rafael Chaparrro Madiedo.

Toda esta cosa extraña que es escribir empezó en la década de los 80 en la Universidad de los Andes cuando el profesor Manuel Hernández nos inició a unos cuantos en los beneficios psicotrópicos de la música de Joe Cocker y sus Perros Rabiosos, en la biblioteca de Babel de Borges, en la hierba húmeda de la poesía de Walt Whitman y desde luego para terminar de alucinarnos nos arrastró hacia Rimbaud, que definitivamente nos cambió la temperatura interna de nuestras mentes con su Temporada en el infierno. El Joe Cocker que nos mostró Manuel Hernández nos hizo ver que la literatura podía alimentarse de otras fuentes diferentes a las de los libros. Nos hizo ver que de algún modo la literatura también es un acto musical, un acto que implica decir las palabras en voz alta, un acto que en sí mismo es un desequilibrio de la razón. Escribir es intentar explicar el vértigo rampante que se abre más allá de nuestros cuerpos y nuestras palabras. El Joe Cocker mostrado por Manuel Hernández nos dio la fuerza para escribir con espuma en la boca, con rabia, con desobediencia civil hacia las palabras. Después de aquellas clases la actitud hacia el acto de escribir cambió radicalmente. Entonces escribir se convirtió en ver la hoja en blanco como una vena pulsante donde inyectábamos la heroína de las palabras. Escribir produce mareo, vértigo. Escribir es meterse en la botella rota de los significados, escribir es algo parecido a recibir un botellazo de whisky en la cabeza, produce el mismo aturdimiento lúcido. En mi caso personal cuando escribí Opio en las nubes sentí lo que se siente en el momento cuando se está en un concierto de rock, es decir una descarga eléctrica, las palabras fluyen a la velocidad de la luz, no hay nada en frente, solamente la electricidad, los sonidos de las palabras, y entonces escribir ya no es un acto de construcción arquitectónica sino un acto de composición musical. En Opio en las nubes no hay frases construidas, hay frases compuestas a la manera musical.
A este cóctel vino después Borges. Borges nos dio la luz suficiente para comprender que escribir es una trasmigración eterna por el laberinto de los universos paralelos de las palabras. Borges nos dio la dimensión para entender que la literatura también podía ser una religión, donde siempre es está en permanente comunión con las palabras.

El maestro de maestros Walt Whitman nos enseñó a ver la literatura como un ejercicio corporal. Con Whitman nos sentimos hermanos de las cosas más íntimas, nos enamoramos de los árboles, del viento, de la hierba húmeda, de la lluvia, de los trenes. Con Whitman vimos que la literatura era un acto corporal, era un acto hermano del acto de caminar, un acto que comprometía no solamente la imaginación sino también el tacto, el gusto, los ojos, las manos, la lengua, el trasero, los pies. Entonces empezamos a escribir con los zapatos viejos. El viejo Whitman nos habló y nos dijo “Muchachos, hay que llevar la lluvia, las aves, el cuerpo hermoso de las mujeres y los trenes a la hoja de papel en blanco”. Whitman, el canto del viento, nos hizo ver el acto de escribir como algo carnal, como algo que conllevaba sangre y sudor. Después de leer a Whitman uno queda con la sensación de que sus libros son sagrados. Le queda a uno en la cabeza una sugerencia a los que escribieron La Biblia porque sus poemas son algo demasiado sagrado para este mundo. Esa es la sensación que el viejo produce, es decir la de un viejo profeta mientras escribe. Whitman me dio para Opio en las nubes los niveles sensoriales que quería lograr en la novela. Con Whitman aprendí a escribir palabras, pero también aprendí que no se trata de descubrir una lluvia. Por el contrario se trata de producir una lluvia en la hoja de papel.

El joven Arthur Rimbaud nos dejó en estado de coma. Lo leímos y fuimos directamente a urgencias a que nos colocaran anestesia general porque el desarreglo de los sentidos fue efectivo. Rimbaud nos dio esa dosis de veneno necesaria para escribir. Rimbaud nos transmitió todo el sabor del opio que es indispensable a la hora de enfrentar las palabras. Cuando se lee a Rimbaud hay dos opciones: o cortarse las venas o irse a escuchar una canción rabiosa como punk de los Sex Pistols, que es lo más parecido que se ha producido en este siglo a este profeta en estado salvaje, como lo llamó alguna vez alguien. Rimbaud nos dio el sabor salvaje de escribir, nos hizo ver las palabras como una tormenta, como una alucinación de opio. Después de leer a Rimbaud comprendimos que definitivamente no se puede “leer” a Rimbaud.

Enfrentar a Rimbaud implica una actitud totalmente diferente y radical. Frente a un texto de Rimbaud estamos frente a una pipa tibia de opio. Y después Rimbaud nos inició en esa manera extraña de escribir. Escribir después de Arthur Rimbaud es como aspirar el aroma de las palabras, pero también es como si las palabras fueran un pedazo crudo de carne porque cuando uno escribe bajo el método Rimbaud la boca se llena de sangre, las manos se llenan de vidrios rotos y el cuerpo queda sumido en un letargo pesado. No hay nada qué hacer. Uno no va hacia las palabras. El fuerte olor de las palabras lo arrastra a uno y entonces el texto se convierte en una hemorragia que nadie puede contener. Rimbaud nos hizo ver que la literatura era una mujer de sangre caliente y ardiente, una amante apasionada que lo espera a uno en medio de las nubes de opio.

Cuando no tengan LSD lean Rimbaud, por favor. La consigna sería: Mete Rimbaud, Rimbaud no destruye tu cerebro. Opio en las nubes es hijo del ritmo vertiginoso de Rimbaud. Opio en las nubes fue escrito con la misma fiebre que produce Rimbaud. Rimbaud me enseñó que escribir implica ritmo, que escribir es un acto trivial de antropofagia, de depredación, con los significados, con los sonidos. De algún modo hay que tocar tambores con las palabras. Hay palabras que son como los tambores, sonoras, otras que son como suaves nalgas de mujer, otras que son deliciosas como los senos, otras son acuáticas, otras metálicas. Las palabras a veces son como pequeños seres que se escabullen sobre el papel blanco que le gritan y le escupen a uno a la cara y luego se esconden. Pequeños seres que poco a poco lo arrastran a uno hacia el vértigo, ese vértigo que se abre más allá de la razón. Escribir es el sabor a sangre que queda en la boca después de que las palabras le han pegado a uno un puño en la nariz.

En el fondo de todo esto está el viejo Cervantes y El Quijote. Tal vez lo más importante del Quijote no fuera tanto su locura sino el ritmo trotón de su literatura. Por primera vez en la literatura alguien se atrevió a escribir desde un caballo demacrado y un burro. Esa elevación de la literatura permitió romper la ley de la gravedad de la literatura y permitió que después de Kafka se pudiera hacer literatura a ras de tierra con su cucaracha, y que Gabo pudiera elevar a Remedios La Bella por los aires. Después del Quijote todo fue posible. Opio en las nubes le debe al Quijote el carácter pendenciero de alguno de sus episodios. El viejo Quijote no conoció el opio, pero tenía el amor imposible de Dulcinea. Con el Quijote aprendimos que el castellano es el mejor idioma para escribir porque la palabra mierda suena y huele a mierda y con la palabra beso dan ganas de dar besos y la palabra “sueño” en sí misma ya es un misterio. El Quijote nos hizo ver el idioma como algo más que un instrumento, nos hizo ver el lenguaje como una aventura.

A partir de estas fuentes poco a poco se fue gestando Opio en las nubes, que es una novela que como ya dije en un comienzo, más que una construcción es una especie de composición musical. Opio en las nubes también es una novela de olores. Allí están presentes el olor de las calles, el olor de los bares, de la ciudad, de los gatos, de las pistolas, de los labios de las mujeres, de las botellas de whisky, del humo azul de los cigarrillos. La novela está escrita a la manera de un vértigo. Leerla es una hemorragia. Es un libro que de algún modo huele a gasolina y a vodka. Escribirla fue un acto muy placentero y doloroso a la vez. Leer Opio en las nubes es entrar a la casa de Amarilla, darle un beso en la boca, hacerle el amor y después salir al amanecer con la sensación de que las nubes están llenas de opio.

La Prensa, Bogotá 2 de mayo de 1993.